Buena compañía en tiempos difíciles

Uno de los efectos de este largo periodo de restricciones, es la limitación para la vida social. Muchos expresan como lo que más desean es poder quedar con libertad con amigos, familiares, recuperar las actividades de siempre, sobre todo las vinculadas a las relaciones personales. Solo algunas personas están disfrutando de la soledad y del aislamiento que desean, o en el que otros se refugian para ocultar sus temores e inseguridades.

Y es que el ser humano está diseñado para vivir en sociedad, necesitamos
conectarnos con los demás, compartir experiencias, emociones, pensamientos, y el contacto físico que, a diferencia de lo anterior, no lo permiten los encuentros virtuales o las redes sociales.

¡Quien no desearía pertenecer a una comunidad donde se estableciesen
relaciones estables! Pertenecer a una gran familia de la que recibir y a la que dar apoyo, cariño, esperanza, ánimo… que nos ayude a seguir creciendo como personas, con unos lazos que no se puedan romper. Pero, sobre todo, una familia cuyo Padre, que hace de padre y madre al mismo tiempo, nos ofrezca la seguridad y protección que necesitamos, así como el amor que llena lo más profundo de nuestro interior.

Quiero decirte que eso es posible, estamos hablando de la familia de Dios, a la cual somos invitados a sumarnos porque el Hijo legítimo, Jesús, ha permitido que el Padre nos reciba en la familia, como hijos adoptados.

¿Quieres formar parte de esta familia? Pues este es el camino, dice la Biblia en el Evangelio de Juan que “A todos los que reciben a Jesús y creen en El, llegan a ser hijos de Dios”. Te animo a que leas todo ese Evangelio para entender mejor cómo llegar a formar parte de esa Familia, que es la Iglesia.

Esteban Figueirido