La gran adoración

El 30 de Julio de 1991, tras interpretar el Otelo de Verdi en Viena, el tenor Plácido Domingo fue ovacionado durante una hora y veinte minutos. Imaginaos lo que supone ese tempo aplaudiendo y ovacionando, nada más. El pobre Plácido tuvo que regresar al escenario un total de 101 veces mientras la gente seguía aplaudiendo. No le dejaban abandonar el escenario. Seguramente a los asistentes les quedarían las manos rojas después de tanta palmada. Unas 9.600 palmadas por persona. Aplaudían porque querían ovacionar lo que habían escuchado, en cierta manera, querían alabar al intérprete y al resto de elenco por la ejecución de la obra. Pero, ¿realmente merecía tanta pompa? ¿Tan buena había sido la interpretación?
En estas fechas tan entrañables, es bueno recordar una de las alabanzas más sincera y bonita que podemos encontrar:

Lucas 2:11-14: Hoy os ha nacido en la Ciudad de David un Salvador, que es Cristo el Señor. Esto os servirá de señal: Encontraréis a un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre». De repente apareció una multitud de ángeles del cielo, que alababan a Dios y decían: Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra para los que gozan de su buena voluntad».

Los ángeles, los pastores, todos adoraban a aquel niño que había nacido en Belén. Aquel que iba a salvar al mundo por amor. Esa sí que era una ovación que duraría por siempre.
Muchos prefieren creer que esta realidad, que Dios se hiciera hombre para poder salvar a la
humanidad es un cuento, pura fantasía. Pero, ¿y si fuera real? ¿Y si Jesús es realmente el Hijo de Dios? ¿Y si Jesús viene? ¿Estamos preparados?

Efraín R.S.

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